Pablo Vivanco

Entre los numerosos hechos que ilustran la dilatada y despiadada historia de la maquinaria de guerra estadounidense, las bombas atómicas sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki sobresalen en la consciencia mundial colectiva.



Con el inminente final de la Segunda Guerra Mundial, el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, dio la luz verde para el uso de armamento con una capacidad de destrucción nunca antes vista. Los líderes estadounidenses sabían los efectos que estos ataques tendrían porque habían presenciado algunas pruebas durante el Proyecto Manhattan en el desierto de Nuevo México.

De acuerdo al proyecto de investigación Niños de la Bomba Atómica de UCLA, se estima de manera conservadora, que las muertes en Hiroshima alcanzaron la cifra de 150.000 personas y 75.000 en la ciudad de Nagasaki. Aunque Truman y otros líderes en Estados Unidos argumentaron que ese ataque era necesario para derrotar a los japoneses, la mayoría de los oficiales estadounidenses no concuerdan.

“Los japoneses ya buscaban un acuerdo de paz”, el comandante en jefe de la flota estadounidense en el Pacífico, Chester W. Nimitz expresó. “La bomba atómica no tuvo ningún efecto decisivo, desde el punto de vista militar, en la derrota de Japón”. El general y luego presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, tuvo la misma opinión.

Dos décadas después, y con su presencia militar intacta en Asia (Corea, Malasia, Filipinas), Estados Unidos decidió retomar la causa que abandonó Francia en Indochina. Los pueblos que habían estado colonizados en lo que ahora se conoce como Vietnam, al igual que Laos y Camboya, habían estado enfrascados por décadas en luchas por su independencia, primero, contra los japoneses y luego contra los franceses.

La política exterior estadounidense había sido muy efectiva en sus intervenciones para evitar “la expansión del comunismo” en Europa, América Latina y otros lugares (las víctimas fueron muy significativas) y el resultado de esas intervenciones directas, incluyendo tropas, fue impredecible. Durante esas décadas de actividad militar estadounidense se estima que la cifra de muertos ronda entre 1.3 millones y 3.9 millones de personas. También hay que sumar los 164.000 civiles vietnamitas que fueron asesinados en el sur, junto con los 64.000 civiles en el norte, víctimas de los bombardeos de Estados Unidos.

Eso es una pequeña parte de la historia contemporánea de los lugares, de gran significación, que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, visitará como parte de su gira de despedida. No obstante, el ganador del Premio Nobel de la Paz no se disculpará por esas atrocidades por todos conocidas.

La Casa Blanca ha señalado que esta gira no es para disculparse y cuando se les preguntó si Obama habría también bombardeado a Hiroshima, el vocero Josh Earnest contestó “creo que lo que el presidente considera importante es que el presidente Truman tomó esa decisión por las razones adecuadas”. Seamos justos, pareciera que ningún Gobierno desea desenterrar el pasado.

Vietnam está interesado en que Estados Unidos levante el embargo de armamento de envergadura; los tres países están colaborando en relación a las disputas recientes con China en el Mar de la China Meridional. Además, Obama busca impulsar el controversial Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, al cual se oponen muchos demócratas, incluidos los dos candidatos presidenciales.

Sin duda, esta gira no es para sanar heridas o espiar errores del pasado, aunque sea de manera simbólica. De hecho, se trata de un último esfuerzo por parte de Obama para detener el ascenso económico y militar de China. Muchos esperaban que Obama usaría parte de sus ocho años en el poder para hacer algo, así hubiera sido simbólico, acerca de estos crímenes. Sin embargo, una vez más, Obama ha añadido un elemento a la larga lista de decepciones que muchos recordarán como su legado.

 

Tomado de Telesur